Rompiendo la hipocresía: flores para el muerto, excusas para el vivo

El día que falleció mi tío, el pueblo entero se paralizó. Llegaron flores de todos los colores, coronas enormes con cintas que decían «Descansa en paz», comida para varios días y dinero que nadie contó. El velorio duró tres noches y la iglesia se llenó como en Navidad.

Años después, mi prima, de 17 años, había terminado sus estudios y soñaba con ingresar en la universidad. Sin embargo, la falta de recursos económicos truncó sus planes. Quedó embarazada y acudió a las mismas casas que habían mostrado tanta generosidad durante el funeral. No pedía lujos. Quería seguir estudiando, necesitaba un libro, una palabra de aliento, alguien que le dijera: «Tú puedes».

La respuesta fue fría y contundente: «Eso te pasa por no cuidarte. Ahora aguanta».

Fue entonces cuando entendí la hipocresía que nos está pudriendo por dentro. Vivimos en una sociedad que, muchas veces, parece valorar más al muerto que al vivo. Llenamos de flores el ataúd, pero de excusas la puerta del que aún respira. Dedicamos poemas a quien ya no puede leerlos, mientras cerramos los libros de quienes todavía tienen sueños por cumplir.

No podemos seguir midiendo el valor de una persona por el tamaño del ramo que recibe cuando ya no puede sentir su aroma. La vida se defiende en vida, con hechos, no con flores.

Comprar flores para un funeral es fácil, rápido y socialmente bien visto. Se adquiere una corona, se lleva una contribución económica, se acompaña a la familia durante unos días y se pronuncian palabras de consuelo. Después llega el novenario y, una vez concluido, termina también el compromiso.

Ayudar al vivo es distinto. El vivo exige tiempo, constancia y sacrificio. El joven que termina sus estudios no necesita condolencias; necesita oportunidades. Quiere unas prácticas, un empleo, alguien que le abra una puerta para demostrar lo que vale. El enfermo no necesita discursos; necesita el dinero para comprar sus medicamentos antes de que sea demasiado tarde.

Por eso la sociedad suele preferir las flores. Las flores no hablan, no reclaman y no recuerdan las promesas incumplidas. El vivo sí.

Con demasiada frecuencia, damos por imagen lo que deberíamos dar por amor. Queremos quedar bien ante la familia y ante la comunidad. El ataúd llena la iglesia; el vivo, en cambio, parece llenar de preocupaciones a quien decide ayudarlo.

Mientras tanto, seguimos gastando fortunas en funerales que parecen bodas: flores importadas, sillas alquiladas, grupos de animación y ataúdes de lujo para personas que en vida luchaban para llevar pan a su mesa.

Reunimos grandes cantidades de dinero para que alguien «se vaya dignamente», pero regateamos unas pocas monedas a la mujer que vende buñuelos para alimentar a sus hijos. Esa contradicción también mata. Mata sueños, oportunidades y esperanzas.

Mata cuando una joven madre recibe reproches en lugar de apoyo. Mata cuando un muchacho preparado encuentra todas las puertas cerradas. Mata cuando alguien pide ayuda para salir adelante y recibe únicamente sermones.

Quiero que quede claro: no estoy diciendo que no se deba respetar a los muertos. El respeto a quienes se fueron forma parte de nuestra humanidad. Lo que cuestiono es que el respeto hacia quienes siguen aquí no puede ser menor.

No podemos llorar durante nueve días a una persona y olvidar durante años a la familia que dejó atrás. No podemos vaciar nuestros bolsillos para comprar flores y vaciar nuestro corazón cuando alguien necesita una oportunidad que está en nuestras manos ofrecer.

Romper esta hipocresía es sencillo de entender: si tienes dinero para flores, procura tener también algo para libros. Si tienes tiempo para asistir a un velorio, encuentra también tiempo para visitar a quien lucha por su vida en un hospital.

Dejemos de comprar flores para calmar la culpa. Compremos cuadernos, medicinas, paciencia y confianza en los demás. El muerto ya completó el tiempo que Dios le concedió en este mundo. El vivo, en cambio, todavía necesita todo nuestro apoyo.

Necesita que creamos en él antes de que se rinda. Necesita ser valorado mientras respira, no cuando ya sea demasiado tarde.

Mientras aplaudamos más los entierros que los nacimientos, mientras un pueblo se movilice más por un funeral que por una beca, Guinea Ecuatorial seguirá corriendo el riesgo de convertirse en un país de cementerios hermosos y oportunidades desperdiciadas. Un país que sabe llorar muy bien, pero que ha olvidado cómo ayudar a tiempo.

La Biblia nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos. Amar es dar pan al hambriento, acompañar al enfermo, tender la mano al que cae. Dios ve más el plato de comida que se comparte en silencio que la corona que se exhibe en público.

Valoremos la vida, porque cada persona viva es imagen de Dios mientras su corazón siga latiendo.

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