Entre presentadores, creadores y periodistas: el error que vivimos en el país

Un periodista es un profesional formado en comunicación o periodismo que investiga, verifica y difunde información de interés público, contrastando fuentes y actuando con ética y responsabilidad antes de publicarla.

Hoy en día se ha creado una gran confusión alrededor del periodismo. Muchas personas creen que cualquiera que aparezca en cámara, tenga buena labia o hable con seguridad ya es periodista. Pero eso es un error peligroso, porque el periodismo no es solo hablar bonito, es un oficio que exige formación, responsabilidad y verificación.

En la actualidad, las redes sociales han empeorado esta confusión. Basta con un móvil, buena iluminación y una cuenta en TikTok o Instagram para que alguien empiece a opinar de todo: política, salud, economía o conflictos sociales. Y como su contenido se ve mucho, la gente lo empieza a llamar “periodista”, cuando en realidad muchas veces solo es un creador de contenido o un comentarista sin verificación.

El problema es que el público ya no distingue entre informar, opinar y entretener. Se ha normalizado pensar que quien aparece en televisión automáticamente es periodista, sin importar si está leyendo un guion, repitiendo información o simplemente presentando un programa de entretenimiento. Pero no todo el que está frente a una cámara está haciendo periodismo.

El periodismo real no consiste en tener buena voz ni en saber improvisar. Consiste en investigar, contrastar fuentes, verificar datos y asumir responsabilidad por lo que se publica. Un periodista serio no puede difundir una información sin comprobarla, aunque sea atractiva o viral. Su trabajo no es agradar, sino informar con verdad, incluso cuando la verdad incomoda.

Por otro lado, hay que entender que un presentador de televisión no siempre es periodista. Su función principal es conducir un programa, dar fluidez, mantener la atención del público y leer información que muchas veces ya ha sido preparada por otros equipos. Puede ser un gran comunicador, pero eso no lo convierte automáticamente en periodista de investigación.

Lo mismo ocurre con los creadores de contenido. Muchos producen videos entretenidos, comentan noticias o dan opiniones personales. Pero su objetivo principal suele ser la audiencia, los “likes” y la viralidad. No están obligados a verificar como lo hace un periodista, porque su trabajo no siempre es informativo, sino de entretenimiento o influencia.

Aquí nace el verdadero problema: cuando la sociedad empieza a llamar “periodista” a cualquier persona con visibilidad, se debilita el valor del periodismo real. Se pone al mismo nivel a quien investiga durante semanas un caso con fuentes confirmadas, y a quien simplemente comenta lo que escucha o lo que se vuelve tendencia.

Esto tiene consecuencias graves, porque la información falsa o mal verificada se difunde más rápido cuando viene de alguien popular. Y muchas personas creen lo que ven sin cuestionarlo, solo porque lo dijo alguien con cámara o seguidores. Así, la opinión empieza a confundirse con la verdad.

El periodismo es una responsabilidad pública. Un periodista responde por lo que dice, puede ser corregido, investigado o incluso enfrentarse a consecuencias legales si difunde información falsa. En cambio, muchas cuentas en redes pueden borrar un video, corregir sin explicar o simplemente decir que era “opinión”.

Por eso es importante volver a educar a la sociedad en algo básico: no todo el que habla es periodista. No todo el que aparece en televisión informa. Y no todo el que tiene seguidores está diciendo la verdad.

El periodismo es un oficio serio, que requiere ética, preparación y compromiso con la realidad. Y aunque hoy cualquiera pueda comunicar, no cualquiera puede ser periodista.

Distinguir esto no es un ataque a los creadores de contenido ni a los presentadores. Es simplemente poner cada cosa en su lugar. Porque cuando todo el mundo es “periodista”, al final nadie lo es realmente.

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